Relato Erótico Macabro

Paula Lizarza
Ignacio Apestegui 

Supongo que os preguntaréis de que trata la narración que ha caído en vuestras manos.

Pues de inquietud, de deseo y del desasosiego que uno desea y no desea tener; de terror, de pavor y del horror que uno mismo quiere y no quiere conocer.

La cara oculta de la noche de Halloween.

Desde lo alto de su torre acristalada, miraba con desdén a los transeúntes, iluminados en esa oscura noche por las luces de los coches y los escaparates. Indiferentes a su mirada, al igual que las hormigas lo son al niño que juega con una lupa.

Su estómago rugía de hambre. Ya hacía unas horas desde que el ocaso había robado los últimos rayos de sol, así que esperaba con ansia el momento de partir.

  • Apenas recuerdo la última vez que me alimenté. – Pensaba, aunque sabía sobradamente que esa noche hacía un año de ese momento.

Sus ojos seguían el patrón que encerraba el aparente caos de aquellos peatones incrédulos, dudosos de su propia existencia.

  • Borregos hacia el matadero. – Se decía a sí mismo con desprecio sin poder eludir ese sentimiento de menosprecio hacia la raza humana.

Una sombra se estremecía tras él. Podía oler su miedo. El hedor almizclado del sudor se expandía por la sala como un efluvio denso, llenándolo de la peste del hombre que trataba sin éxito de no perturbarle. Llevaba ya dos horas de pie esperando sus instrucciones y ni se atrevía a respirar demasiado profundamente por si provocaba su ira.

  • Seguramente, a estas alturas, se sentirá mareado. – Reflexionaba con malicia y excitación; una presa más de la que poder alimentarse sin desperdicio alguno.

Tal pensamiento le causó una leve sonrisa que se asomó en su rostro maligno.

Se ajustó el traje usando el reflejo de los cristales del rascacielos y el cuello Mao de la chaqueta le evocó a su juventud.

  • Aquellos encuentros satánicos… Que tiempos…

Las entrañas volvieron a rugir haciéndole volver al presente, por lo que se giró para contemplar aquel desecho humano, permitiendo a su sirviente percibir un ligero temblor en su delicado e intrigante cuerpo esbelto. Ya faltaban pocos minutos para la media noche.

  • Llámala. – Su siervo se estremeció al oír la voz.

Un escalofrío interno se asomó tras sus poros porque sabía lo que eso significaba, lo que iba a tener que presenciar… Al criado se le escapó algunas lágrimas de los ojos, pero aun así marcó el número sin demora. El aire viciado por reminiscencias de maldad y perversidad se aferraban a todos sus sentidos como garras de pánico, pero como buen servidor que era, se comportó y salió de la habitación mientras la imponente figura se giraba de nuevo para seguir observando la cálida noche de octubre.

Las luces de neón aún se reflejaban en la ventanilla del coche mientras se dirigían a la ceremonia. Los caminantes seguían siendo para él, sombras desdibujadas a lo largo de su camino indiferente.

Ella, como siempre, tenía todo preparado antes de la llamada del criado. Les estaban esperando como cada noche anual.

En la entrada de la gran mansión de piedra, la Madame se erguía imponente a la espera de sus invitados. Su belleza etérea turbaba los sentidos, pero al final solo se podía recordar sus ojos, una mirada intensa y profunda que salía de dos lagos de rubí con pupilas verticales. En la frente, la parte frontal de la cabeza, una leve imperfectura, una mancha gris con forma de media luna.

  • Madame. – Dijo el amo acercándose mientras le tomaba su delicada mano para besarla gentilmente.

Tras ellos, el sirviente cerraba la puerta del coche y se apresuró a abriles el portón de la mansión para darles paso. Dentro del gran hall, los suntuosos muebles decoraban las grandes paredes que se elevaban hasta la balconada del piso superior. Subieron por las escaleras de piedra, que ascendían rodeando la estatua del Angel Caído que presidía la sala, juntos los dos acompañantes seguían a la dama.

Pasaron unos minutos de preparación mientras la pareja acordaba los métodos de la noche. Tras lo cual la puerta de madera oscura se abrió, dando a entender que ya estaban hechos. Dentro, se podían apreciar a los dos efebos que los esperaban con las manos a sus espaldas, obedientes esclavos atados, preparados y educados para cumplir sus deseos. El sirviente, aunque ya había estado presente en otras ceremonias mortecinas, no evitaba estremecerse apoyando así su desagrado al momento.

Él no podía aguantar más y, dejando a un lado a la señora, empezó con el culto.

  • Lo deseaba tanto… – El ansia incontrolable le atacó de nuevo.

Mientras daba los últimos pasos por el pasillo, se desnudó mostrando su hercúleo cuerpo sin tapujos con su imponente figura sombría. Los jóvenes le miraron también con la misma pasión de deseo a su amo. Los habían educado bien; uno para morir y otro para heredar, pero los papeles de cada uno les daba exactamente igual porque lo único que sentían ambos era el frenesí del demonio sexual.

Uno de ellos era rubio de piel tostada al sol, y el otro, moreno de tez nívea.

Sin más preámbulos, el jefe entró en el círculo de sangre virgen como era de esperar y mordió la blanca suavidad que rodeaba el pezón del muchacho, haciendo que éste disparase su respiración a mil por hora. Unas gotas de sangre manaron de la herida mientras que el joven mostraba un gesto de dolor sin susurros ni quejas. Su amo lamió más calmado su piel; aún tenían toda la noche por delante, limpiando así el carmesí que tintaba la piel. Sus manos empezaron a acariciarle las piernas, haciendo delicados dibujos con sus dedos para ir subiendo poco a poco hasta la pelvis. Jugueteaba con la lengua cada poro mientras se deslizaba por su firme vientre hasta llegar a su erecto miembro con avariciosa suavidad, saboreando así el férrico sabor mezclado con el dulzor de su piel. Su mano, llegó antes al cálido miembro que vibraba mientras lo apretaba y lo acariciaba con deseo, contemplando el efecto que habían ocasionado sus inocentes caricias.

  • ¡Mi comida! Por fin beberé su esencia para saciar mi hambre. –  Su boca, sin más miramientos, saltó a buscarlo con su cálido aliento.

El salado regusto erizó todo su cuerpo. Sus labios lo besaron haciendo estremecer al joven y dejando sediento aún más al otro acompañante. Miró al rubio y estiró su mano para atrapar toda la longitud de su pene. El simple contacto, tan deseado por ambos, hizo que al efebo le fallaran las rodillas. Tiró de él acercándolo a su boca y sonrió. Ahora sí. Ahora si bebería hasta saciarse, engullendo con golosa avidez el miembro viril que se iba agrandando cada vez más.

Ya era la hora del ritual, justo las 00:00h de la noche que, como ya se sabía, era la hora exacta para realizar el rito halloweenense; luces apagadas acompañadas de una suave iluminación de unas pocas velas rojas y negras que facilitaban a la estancia la reflectación de aquellas paredes lisas.

Sus pieles sudadas se entremezclaban en un crisol de sangre y sexualidad. Unas sombras diabólicas bailaban conjuntamente al movimiento del fuego de las llamas. Y así empezó todo, levitando los señores de la noche para dar comienzo al nuevo año de las bestias.

  • Tened cuidado, pues nunca se puede saber cuándo le puede tocar a uno ser el alimento o el próximo íncubo. – Pensó el criado, trastornado por la escena.
  • ¡Vaya si se darían cuenta! – Dijo la Madame sin que sus ojos felinos se apartaran de la perturbadora escena.
Los ojos del imponente ser revelaron su verdadera esencia; dos esmeraldas rasgadas por la negrura del vacío eterno.

Como antes de una tormenta, el aire de la habitación se volvió cálido y pegajoso. Sus caninos blancos crecieron en su máximo potencial como cuatro puntas heladas, gritando más allá del techo y del cielo que lo desafiaban. Se encogió y un espasmo recorrió toda su figura, extendiendo así cada extremidad de su cuerpo. Tras su espalda, surgieron dos inmensas alas negras echas de hueso y piel como las de un murciélago, empezando a salir toda la oscuridad que contenía dentro.

A su alrededor, giraban los dos efebos que, inmersos en un éxtasis incontrolado, acariciaban y lamían cada ápice de piel que quedaba a su alcance ya fuera del amo o del esclavo.

El íncubo miró al siervo con una sonrisa de maldad en la cara, consciente del miedo y asco que él sentía. Abrió su mano y sus uñas crecieron para transformarse en unas intimidantes garras sedientas de placer. Su sonrisa se convirtió en una carcajada macabra.

  • ¡Aaaah! – Un grito del efebo se esparció por el aire como el primer trueno de la tormenta que estaban desatando pues su vida, tan irrelevante como comenzó, llegaba a su fin.

Su rubio cabello desafiaba la gravedad mientras su mirada asustadiza observaba las manos ensangrentadas de la criatura. La garra sostenía su corazón que seguía latiendo aún gracias a la magia frente al humano, consciente pero no inmune al dolor de los huesos rotos y la carne desgarrada. Cuando el íncubo apretó el corazón, extrayendo su jugo, ni siquiera le miró.

Su vista seguía clavada en su criado, burlándose de él mientras bebía la esencia del alma que estaba exprimiendo.

Una fuerte explosión, surgida del piso de abajo, hizo temblar las paredes de la estancia. El siervo calló al suelo por la onda expansiva y las ropas de la Madame revolotearon por lo aires mientras, sin esfuerzo aparente, se giraba y miraba curiosa hacia el exterior de la habitación.

La demoníaca criatura descendió con sus impresionantes alas extendidas como si estuviese bajando de unas escaleras para posarse en el suelo. Su brazo sostenía todavía la nívea piel del efebo en un suave abrazo mientras, a su alrededor, caían los objetos antes sostenidos por la magia.

El cuerpo inerte hizo un ruido seco al caer. Casi con cariño, el íncubo dejó al otro muchacho lánguidamente tumbado, realizando una última caricia en sus cabellos azabaches, antes de dirigirse a la entrada de la sala con ambos brazos extendidos mostrando el poderío de su cuerpo desnudo.

El estruendo de las detonaciones hizo encogerse al siervo que trataba de levantarse después de la deflagración. Miraba con temor hacia la puerta, tropezando y resbalando con el polvo que la explosión había ocasionado.

Entre las nubes de aire caliente, aparecieron tres tenebrosas figuras con un solo propósito. La mancha carmesí de una de las figuras resaltaba sobre todo lo demás. Con la mano en el costado aún, aguantaba amenazante una escopeta. Tras él, refulgió una bocanada de fuego del lanzallamas, iluminándolos como una estrella de la muerte. El olor a carne quemada inundó la atmósfera cuando rodeó a la criatura. El grito del atacante delató su ansia asesina.

  • ¡Aaaah! – Señaló al siervo. – ¡Matadlos a todos!

Con una mano, el peso de la escopeta hizo fallar el disparo. Sobre el sirviente, un agujero decoraba la pared donde instantes antes estaba su cabeza. El tercer intruso disparaba sin cesar su arma automática a la Madame. “Ra-ta-ta-ta-ta”. Cada tableteo del arma era seguido de una salpicadura de sangre contra la pared tras ella. Las balas la atravesaban sin resistencia mientras su cuerpo temblequeaba con los impactos, pero ella solo reía ante la violencia surgida.

  • Ja, ja, ja, ja, ja… – Sus carcajadas hicieron detener al asaltante. – Ilusos. – Susurró con su mirada penetrante y desafiante.

La cara de asombro del hombre solo fue visible un segundo antes de que la mujer se abalanzara sobre él, con un rugido gutural, arrancándole un trozo de su cuello con un sonido de tela desgarrada que provocó un escalofrío en la espalda de todos los mortales de la sala.

Cuando el cuerpo inerte cayó de entre sus manos, solo quedaban como vestigio de los disparos unos pequeños agujeros que revelaban su pálida piel. Con un gesto estudiado, se recolocó su larga melena y, una pícara sonrisa, iluminó su rostro con la sangre goteando aún en sus labios carnosos, creando una macabra escena de muerte entre las sombras.

A su lado, completando un infernal cuadro, el amo partía la columna del hombre herido. Sus garras habían penetrado en la herida de su abdomen que ya traía con anterioridad. Desde su esquina, su sirviente gritaba asustado, pateando el suelo y gimoteando como un niño pequeño sin poder alejar la vista de la escena, aun cuando el cuerpo de aquel hombre se dobló por la fractura como una bisagra vieja.

El tercer asaltante quiso cobrar al menos una vida en su memoria, por lo que apuntó con el lanzallamas y gritó. Gritaron ambos. El olor a combustible quemado anticipó su futuro. Elevó las manos inútilmente para tratar de protegerse, pero no pasó nada.

Para el siervo, los segundos pasaron como vidas enteras, escuchando solo un glugluteo que rompía el silencio de las circunstancias. El timorato hombre abrió los ojos y pudo ver como su amo acababa de beber la sangre del desdichado mortal que le había intentado matar. Los restos cayeron junto al lanzallamas.

La piel chamuscada del demonio recuperaba su perfecto aspecto tras haber consumido aquella sangre recientemente.

El amo miraba divertido al esclavo con su sonrisa socarrona. “Glu, glu, glu”.

Un leve gemido se abrió paso entre los últimos restos del polvo en suspensión; el efebo se removió. Su pelo moreno estaba lleno de polvo, y una herida ensangrentada se asomaba tras su cuello como un parásito mugriento; una de las balas perdidas se lo había atravesado.

El íncubo se abalanzó sobre él recuperando la forma humana en el camino. Lo abrazó con ternura y el efebo se enrolló alrededor de él como un hijo buscando el consuelo de una madre. La piel era suave y fría, incluso más que la de su señor.

Gotas de la esencia del chico caían entre sus manos llenando. un mar oscuro escarlata. El amo miró su muñeca y, con un pequeño mordisco, abrió sus propias venas.

  • Bebe pequeño. – Le dijo con cariño susurrándole al oído.

El efebo llevó los temblorosos labios a la herida y empezó a lamer con torpeza. Casi al instante, la magia de la sangre le embulló y le bridó fuerza. La energía era visible mientras recorría su cuerpo y, según iba el fluido recorriendo su organismo, éste iba recuperando el esplendor previo.

  • Tranquilo, más suave. – Le dijo jadeante su amo.

La mano del joven acariciaba los pezones endurecidos de su señor mientras manoseaba su cuerpo con pasión, deleitándose en cada detalle. Lamía,  bebía, besaba y acariciaba el ansia y deseo que les golpeaba a ambos. Sus cuerpos, llenos de sangre y sudor, acabaron por unirse en completa esencia mientras gemían y gritaban de placer por igual.

La Madame, observando la lujuria nocturna, se complacía masturbándose en una esquina con sollozos y risas traviesas, siguiendo con sus caderas el mismo movimiento bamboleante de ellos.

El siervo, acurrucado aún en el suelo, lloriqueaba de consternación al suceso transcurrido.

Los cuerpos de ambos personajes masculinos se arquearon de goce al llegar al clímax profundo del ritual con sus respiraciones agitadas. El íncubo, como si de su amante se tratase, apartó con suavidad la cara de su esclavo. Éste, aún exhausto por la culminación, le miró con deseo tras el nuevo despertar, sonriendo con sus nacientes colmillos como los de su adorado amo. En cambio, éste, contempló atónito la mano del joven muchacho; sostenía el último latido de su negro corazón que se antepuso a un silencio sepulcral.

  • ¡Aaaaah! – Su grito desgarró la atmósfera tras su asombro de una desgracia venidera.

La mujer aceleró el ritmo de sus movimientos, al son de unas carcajadas insanas que salían de las profundidades de su garganta, cuando el amo la miró, extendiendo la mano hacia ella en una última súplica de ayuda.

  • Se me olvidó decirte que es un Séptimus. – Le dijo ella.
  • No. – Dijo pasmado consciente de la trampa que le llevaba a su fin. – Es imposible.
  • El séptimo hijo de un séptimo hijo. Es el elegido. El señor que gobernará sobre el resto de los demonios, el dios de la muerte, el dolor eterno, el hacedor que resurgirá esta noche. Y yo, seré su guía hasta su edad adulta. Y solo es el principio… – Reía a carcajadas mientras se corría sin contemplación.

Su placer se fundió con su risa de ultratumba, haciéndola resbalar al suelo entre espasmos de placer. El sirviente, sin embargo, seguía observando todo petrificado de terror. El joven íncubo aún devoraba el corazón de su antiguo amo a bocados como una bestia salvaje.

  • No, no, ¡no! – Balbuceaba el mortal mientras lloraba acurrucado en una esquina.

El muchacho arrojó con desprecio el cuerpo de su predecesor y observó a su alrededor con sus nuevos ojos llenos de poder. Miró sus manos y su cuerpo apreciando la energía que contenían. Con un gesto triunfal, extendió los brazos y dos negras alas surgieron de su espalda como en la escena anterior.

  • ¡Si! – Gritó victorioso. – Yo existo y soy la encarnación del mal, nacido de las tinieblas más oscuras que existen del infierno. Dios no querrá darse a conocer, pero yo sí lo haré.

Caminó hasta la mujer que se recomponía en el suelo y le ofreció la mano para ayudarla. Con un gesto grácil, se levantó del suelo y, tras colocarse las ropas con delicadeza, como si no estuvieran llenas de sangre, polvo y agujeros, dio las gracias al demonio con un leve gesto.

La Madame se colocó al lado del criado aún horrorizado y empapado de sudor frío. Se acuclilló y le puso la mano en el hombro antes de susurrarle al oído con un eco sombrío.

  • No tendrás salida de este ciclo sin fin hijo. – Sonrió con perversidad. – El año que viene espero tu llamada, hasta el fin de los tiempos.


El mal ya estaba sembrado de mentes perturbadoras.

 by Abigail Larson


 by Abigail Larson


Paula Lizarza Pecoraro

Fotógrafa aficionada, devoradora de libros, apasionada del cine y los viajes, organizadora de eventos literarios, entusiasta del diseño blog-web... Creadora del Blog del Escritor, de Escritores en Canarias en Facebook (lo hacemos entre todos) y fundadora de la empresa FICAC (sector cetáceos). Autora de los libros Comienzo de un Futuro y Los Sueños de la Muerte, con colaboraciones en Microterrores, Susurros Nocturnos II La Primavera Solidaria de Cristian.

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